La Tate Modern se abrió en 2000 y ha duplicado la afluencia de público para la que fue pensada. Conforma además una nueva milla de oro de Londres, frente a la catedral, a la vera del Globe de Shakespeare y hasta a un paso del mercado gastronómico del Borough Market, que se ha puesto de moda.

Toda esta gran aventura tiene un precio. Enorme, por supuesto: 326 millones de euros, que son 55 más de los calculados en los presupuestos iniciales. De hecho a día de hoy todavía les faltan 30 millones. Pero Nicholas Serota se mostró confiado en obtenerlos, «porque una vez que se inaugure la nueva parte será muy sencillo por el tirón de su propio atractivo». El dinero lo aporta el Gobierno, la autoridad del Gran Londres y el patrocinio de empresas y donantes individuales.

Los primeros que verán la nueva Tate Modern son 3.000 escolares traídos desde todos los puntos del Reino Unido, que harán una visita privada previa a los fastos de la gran inauguración, cuando 500 voces de coros londinenses interpretarán una obra alegórica sobre el museo. La sala de turbinas la ocupará el inefable artista chino Ai Weiwei, con un árbol similar a los que mostró en otoño en el patio de la Royal Academy de Picadilly, solo que esta vez de siete metros de alto. Por la sala de turbinas trotarán caballos con policías montados. Pero no pasa nada: es una «obra» de la artista cubana Tania Bruguera.